Morrison Library Inaugural Address Lectures



This lecture was made possible thanks to the generous support of the
Class of 1941 World War II Memorial Chair of Spanish-American Literature.

We wish to thank the Center for Latin American Studies for supporting the publication of this issue.


The Multiple Voices of Latin American Literature

Antonio Cornejo-Polar

Queridos amigos:

Lamento que mi inglés sea muy pobre, y que mi inglés oral sea impecablemente incorrecto, como lo comprobarán ustedes de inmediato. Lo lamento por obvias y muchas razones, pero ahora -sobre todo- porque no puedo ser lo suficientemente expresivo para agradecer a la Universidad de Berkeley el haberme honrado con la posición de Class of 1941 World War II Memorial Chair.

Recurriré a un topos de la retórica clásica: los sentimientos intensos se dicen con palabras simples. Gracias, entonces, al Canciller Chang-Lin Tien y a las autoridades de la Universidad, gracias muy sinceras a los generosos miembros de la clase 1941 -en los que reconocemos a los hombres y mujeres que con su coraje preservaron la libertad de todos-, gracias al Center for Latin American Studies y a la Biblioteca y gracias -por supuesto- a los colegas del Departamento de Español y Portugués, en especial a su Chair, el profesor Charles Faulhaber.

Sé bien, eso sí, que estoy asumiendo responsabilidades muy grandes y graves y también sé que no estoy especialmente preparado para enfrentarlas. Mi instalación en los Estados Unidos fue tardía, y mi experiencia fundamental la realicé en universidades peruanas, especialmente la de San Marcos, fundada hace 443 años, que -no tengo para qué decirlo- es harto distinta a las de los Estados Unidos. Sin embargo, el haber pasado más de veinte años enseñando en una universidad hispanoamericana tal vez me permita ofrecer una visión más intensa y más comprometida de su literatura.

Por lo pronto, no creo que la literatura sea un espacio autónomo, aunque tampoco considero que sea una mera expresión de la realidad histórico-social de la que surge. En verdad lo social está dentro del discurso literario y le confiere espesor y -a veces, con frecuencia- dramatismo. Después de todo, aunque la paradoja fue planteada con algo de ingenuidad, no deja de ser inquietante que naciones que no han resuelto sus problemas básicos sean al mismo tiempo creadoras de una cultura popular y una cultura de elite sin duda admirables.

Hoy no tenemos que reivindicar el valor de esta literatura. Recordemos simplemente que Foucault iniciaba una de sus mejores obras, Les Mots et les Choses, con una larga referencia a Borges, que la sombra del mismo Borges -para referirme a un solo autor- sobrevuela las páginas de las novelas de Umberto Eco, y que la estética de la recepción suele encontrar algunos de sus argumentos más sutiles en "Pierre Menard, Autor del Quijote", célebre cuento del mismo Borges. Es importante, cambiando ahora de referencia, recordar las palabras de John Barth:

"Praise be to the Spanish language and imagination! As Cervantes stands as an exemplar of pre-modernism and a great precursor of much to come, and Jorge Luis Borges as an exemplar of dernier cri modernism and at the same time as a bridge between the end of the nineteenth century and the end of the twentieth, so Gabriel Garcia Marquez is in that enviable succession: an exemplary postmodernist and a master of the storyteller's art."

Por supuesto, desde América Latina, todo esto lo tomamos con una cierta ironía porque tal vez demoraron demasiado en "descubrirnos" y lo hicieron cuando el pensamiento postmoderno encontró excitantes las posiciones marginales y subalternas, los bordes y las fronteras, con lo que a veces se corre el riesgo de estetizar, irresponsablemente, la miseria real de un pueblo.

Esta tardanza produce también -de otro lado- que nuestra literatura de más de cinco siglos aparezca generalmente reducida a la de las últimas décadas.

Obviamente me interesa más que celebrar el éxito de nuestros escritores contemporáneos expresar algunas ideas acerca de la índole profunda de la literatura hispanoamericana.

Por lo pronto, si no queremos tergiversar -o peor: mutilar- la condición hispanoamericana, nos es necesario reconocer que son nuestras las literaturas escritas en idiomas europeos, el español y el portugués fundamentalmente, pero también en otros idiomas europeos que son propios de las naciones caribeñas no hispánicas. De la misma manera son nuestras las literaturas orales en esos idiomas y también -y sobre todo- en las lenguas amerindias y las que se fueron recreando desde el mundo africano, trasplantado a América Latina muy temprano por ominosa obra del tráfico de esclavos.

En las historias tradicionales, las literaturas en lenguas nativas suelen considerarse en términos de una lejana prehistoria, presuponiendo que la producción literaria amerindia dejó de producirse con la conquista. Obviamente no es así. La vitalidad actual de estas literaturas es asombrosa, asombrosa por la complejidad, intensidad y riqueza de sus sistemas semióticos y también -al mismo tiempo- porque representan un acto de resistencia y reivindicación étnica que dura ya cinco siglos.

Pero sucede, además, que estos viejos y renovados discursos son capaces de tejer redes interculturales con buena parte de los otros sectores de la literatura latinoamericana, dialogando con ella -en diálogos a veces polémicos- y enriqueciéndola con un trasfondo secular que sigue presente y actuante. Sin esas antiguas palabras, hubieran sido imposibles las obras de Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez u Octavio Paz (todos Premios Nobel de Literatura), pero también las de José María Arguedas, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Carlos Fuentes o Ernesto Cardenal para mencionar sólo ejemplos de primer rango. Roa Bastos decía que escribir es "leer antes un texto no escrito, escuchar y oir antes los sonidos de un discurso oral informulado aún pero presente ya en los [sonidos] harmónicos de la memoria."

En los últimos años, de otro lado, se ha producido la difícil convergencia entre personajes populares que cuentan sus experiencias a algún intelectual para que las transcriba en forma de testimonio, socializando esas experiencias y la conciencia desde la que se vive. En este campo el ejemplo paradigmático sería el de Rigoberta Menchú. Sé bien que la polémica en torno a este género es hoy excepcionalmente dura, pero lo menciono no para intervenir en ella sino para completar una primera idea: la literatura latinoamericana es multilingüe, multiétnica y multicultural, no solamente porque dentro de su espacio actúan varias lenguas, múltiples conciencias étnicas y diversos valores culturales, sino -muy especialmente- porque su naturaleza profunda es inimaginable sin esos entreverados entrecruzamientos, que son la materia misma con la que está hecha. Literatura de límites fluidos y porosos, agudamente descentrada por la multiplicidad heterogénea de los sistemas que la constituyen, la literatura hispanoamericana es, sin duda, un reto a la reflexión y a la imaginación críticas.

Desde el punto de vista de la historia literaria el problema es todavía más complejo. A la obvia secuencialidad cronológica de los discursos se suma lo que podría llamar la "verticalización" del tiempo. El poeta chileno Enrique Lihn dijo en un verso memorable: "somos contemporáneos de historias diferentes"; y, en efecto, es así. No solamente coexisten en un mismo espacio y en un mismo tiempo discursos que provienen de ritmos históricos diversos, a veces incompatibles; más incisivamente aún, dentro de un mismo texto conviven -y no siempre harmónicamente- voces que vienen de esas "historias diferentes", pero coetáneas, y que bien pueden articular en un solo enunciado conciencias que -cronológicamente percibidas- pueden estar separadas por siglos.

En el Perú, por ejemplo, la novela más audazmente experimental y más puntualmente moderna de las últimas dos o tres décadas es El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo de José María Arguedas, y en ella la contemporaneidad más precisa, con sus lenguajes y valores, está inextricablemente vinculada con mitos e historias indígenas que se recopilaron en el siglo XVI pero que, sin duda, se hunden en un tiempo harto más lejano.

Tal vez sería bueno evocar en este momento a una figura emblemática: la del Inca Garcilaso de la Vega. Hijo de un noble capitán español y de una ñusta, perteneció a la primera generación de mestizos americanos. Vivió en el Cuzco hasta su adolescencia, hablando los idiomas de sus padres y escuchando la narración tanto de la gesta de los conquistadores cuanto las gloriosas historias de un imperio que todavía no podía creer en su derrota, historias que jamás pudo olvidar. Mas tarde viaja a España y allí asimila la cultura renacentista (tanto que traduce impecablemente los Diálogos de Amor de León Hebreo) y logra producir una de las más finas e intensas prosas del Siglo de Oro hispánico. Solamente entonces se decide a escribir sobre lo que le es más entrañablemente propio: la historia del imperio inca, de su conquista por los españoles y de los primeros años del periodo colonial. Divide su obra en dos libros: los Comentarios Reales, para la época incaica, y la Historia del Perú, para la conquista y colonización.

Decía el maestro José Durand, profesor en esta Universidad hasta el día de su temprana muerte, que leyendo al Inca Garcilaso se descubre rápidamente que en su discurso se mezclan inextricablemente historia y autobiografía. Y no se trata únicamente de que en efecto él fuera testigo de algunos de los acontecimientos que relata, o que escuchara la versión de ellos de labios de quienes participaron directamente en esa historia; se trata, lo que es mucho más importante, de que los Comentarios y la Historia dan razón -apasionada razón- de la experiencia de un hombre de dos mundos, dos mundos fieramente encontrados por un acto de conquista, y a los que, sin embargo, debe fidelidad porque ambos forman parte de su doble linaje.

Desde esta perspectiva, se pueden leer las obras del Inca Garcilaso como un prolongado, tenaz y sutil esfuerzo por hacer compatibles, e inclusive harmónicos, esos dos mundos, recurriendo para ello tanto a los principios de la historiografía providencialista cuanto a los de la filosofía neoplatónica, con su ideal de harmonía entre los contrarios, pero es obvio -casi para cualquier lector- que ese esfuerzo concluye en un fracaso, un hermoso fracaso. No hay discurso que pueda suturar heridas tan profundas como las producidas por la destrucción del imperio de los Incas, es decir por la caída -para Garcilaso- del amado mundo materno, aquél que en menos de una generación vio cambiar su poder y esplendor en vasallaje injusto y humillante.

Tal vez porque en la obra de Garcilaso se mezclan los deseos de hacer uno de lo que es vario y distinto con la dura realidad del enfrentamiento global entre dos culturas, es que -sobre todo los Comentarios- tuvieran desiguales lecturas: sus ecos se encuentran en numerosas utopías renacentistas europeas, cuyo modelo es en buena medida el idealizado imperio incaico descrito por Garcilaso, pero también se escuchan en el origen de las grandes rebeliones indígenas del siglo XVIII, todas ellas fracasadas, y de las guerras criollas por la independencia, que un siglo después fundan, con su victoria, las repúblicas hispanoamericanas.

El Inca Garcilaso es un personaje trágico ("español en América e indio en España", como decía el historiador Raúl Porras Barrenechea), víctima de su deseo de una harmonía imposible, harmonia que construye trabajosamente en cada página para que en la siguiente se destruya con el fuego y la sangre de una conquista que por un lado lo enorgullece, por el heroísmo de su padre, y por otro lo entristece, por el duro destino de su estirpe materna. Destino trágico, sin duda, pero al mismo tiempo, paradójicamente, cimiento de un discurso que pese a que se instala en la fractura de dos culturas funciona como difícil y enriquecedora intercomunicación de sus grandes códigos de interpretación del mundo mediante un complejo proceso transcultural de resultados siempre imprevisibles.

En cualquier caso, por contradictorio que sea, la figura del Inca Garcilaso promovió una de las grandes utopías hispanoamericanas: la del mestizaje, entendida como cohesión harmónica de las muchas culturas que la historia acumulo en su territorio. Es una utopía conciliadora y consoladora que parece hermanar en un solo gran torrente los muchos ríos que coincidieron en esa geografía tanto física como espiritual que llamamos América Latina, y que en algún momento asumió caracteres casi míticos. Aludo al pensamiento de Vasconcelos que desde el contexto de la revolución mexicana anunció el gozoso advenimiento de una "raza cósmica".

Sin embargo, la desbordante pluralidad de experiencias culturales que tejen la historia hispanoamericana hace suponer que esa utopía, en cuanto afirma la unificación de lo que es diverso, no es precisamente la que mejor da razón de un mundo hecho de muchos mundos y de una historia hecha de muchas historias. Tal vez, entonces, sea necesario imaginar una identidad polimorfa, cambiante, dispuesta a aceptar disidencias y contradicciones.

Estoy pensando en el famoso capítulo de El Reino de este Mundo, de Alejo Carpentier, en el que la ejecución del lider de la rebelión de los esclavos de Haití es festejada como un triunfo por los colonizadores franceses, que efectivamente han visto la muerte de Mackandal, y con ella el fin de la rebelión, pero también es festejada por sus seguidores que han visto, exactamente en el mismo acto, algo por completo distinto: la metamorfosis del lider en inalcanzable ave y de esta manera reafirman -via la magia- el triunfo final de su levantamiento.

Y estoy pensando, también, en el doble eje de verosimilitudes que corre a lo largo de Cien Años de Soledad. En esta espléndida novela convergen nociones de realidad que difícilmente pueden articularse en una síntesis que las englobe en una unidad superior. Quienes asumen como algo absolutamente natural que Remedios "la bella" asciende en cuerpo y alma al cielo o que todas las mariposas amarillas rodean los encuentros eróticos de Mauricio Babilonia, no pueden aceptar -más que como maravilla tal vez satánica- el hielo artificial o el imán, e inversamente -claro- quienes creen sin problemas en lo segundo remiten las acciones primeras al ámbito de los milagros increíbles. Tal vez parte de la grandeza de la novela de Gabriel García Márquez consista en que en su discurso ambas versiones del mundo son legítimas y coexisten como opciones existenciales que -en conjunto- ofrecen una intensa experiencia de plenitud.

Quiero decir, en suma, que tal vez más que imaginar una síntesis que convierte en homogéneo lo que en la realidad es incisivamente heteróclito, convenga esforzarse en comprender una cultura dialógica, y en este sentido profundamente democrática, tal como efectivamente sucede en los grandes textos de la literatura hispanoamericana; imaginarla como un espacio abierto donde lenguas, etnias, culturas e historias diversas se enriquecen mediante ese diálogo múltiple sin perder por ello sus caracteres idiosincráticos. Una cultura, entonces, donde lo uno y lo otro, lo propio y lo ajeno convivan e interactúen productivamente.

José María Arguedas decía que en cualquier país hispanoamericano es posible que "el hombre no engrilletado ni embrutecido por el egoísmo pueda vivir, feliz, todas las patrias". Es, por cierto, una nueva utopía; al menos, mientras la realidad de la miseria y la injusticia en que viven nuestros pueblos haga imposible que esa relación dialógica sea simétrica e igualitaria y en la que cada quien, en la vida cotidiana, pueda autogestionar su diferencia y definir el modo y las razones de su comunicación con los sujetos colectivos que le rodean y que forman parte de su propia constitución.

En ese caso la hermosa plenitud de la convergencia de "todas las patrias" será no mera imagen y no sólo lenguaje; será  historia ejemplar y verdadera. Muchos, en muchas partes del mundo, la seguimos esperando.




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